jueves, 13 de mayo de 2010

Ambiente cargado (miguel)



¿Quién no se ha tirado o se le ha caído un pedo en algún lugar público atestado de gente? Aunque no parece muy ético, lo encuentro tan natural como rascarse el culo por las mañanas o que al hablar salga proyectada contra tu interlocutor una gotita de saliva. He de reconocer que no son cosas muy agradables y que en la medida de lo posible todos intentamos evitar. O no.
A mi me ha pasado. No en muchas ocasiones, más bien muy pocas, pero las suficientes como para darme cuenta de lo embarazosa que se torna la situación. Por algún motivo inexplicable, o eso quisieras tú, con un movimento desafortunado de tu cuerpo se desprende involuntariamente ese elemento. El rubor se muestra en tus mejillas aunque trates de disimular alejándote lo más posible del punto donde sucedió el accidente. Observas a los posibles afectados tratando de averiguar si te han descubierto como autor de la invisible nube gaseosa y fétida. En fin, un mal trago.
Otra cosa es que te conviertas tu en víctima. Disculpas al anónimo culpable y sigues con lo que estuvieras haciendo huyendo a otro sitio más seguro hasta que se difumine la emanación. Siempre que no tengas más remedio que mantenerte forzosamente en la zona del siniestro como le ocurre generalmente al camarero de un restaurante que tiene que mantener controlado su rango o número de mesas asignadas. En este caso, venga de quien venga, sea quien sea el delincuente que voluntariamente o no se tira el cuesco, quedará impune. ¿Para que está el mencionado camarero sino para ser objetivo de las acusaciones? He podido constatar esto que escribo personalmente. Después de haber detectado el hedor, compruebo como los demás afectados, comensales generalmente, me miran como imputándome el hecho y así alguno quedar libre de culpa. Y como le dices a nadie que tu no has sido el del pedo. - ¡Oiga, que yo no he sido!
/- Ya, ya.
Y se repite la historia. Rubor y huida.

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