lunes, 3 de mayo de 2010

Cómelo todo (miguel)



Me gustan los niños. Nada antropófago en esta afirmación. Me gustan estos seres humanos de, generalmente, reducido tamaño. Me resultan entrañables hasta que empiezan a perder la candidez, esa inocencia que les fuerza a aparentar que están enfadados, cuando lo único que quieren es seguir jugando a ponerte a prueba. Y es cierto, me divierto muchísimo con ellos. Procuro, siempre que hay alguno de estos personajillos cerca, hacer el payaso, hacer muecas y comprobar que soy correspondido, en muchos casos con una sonrisa o con algún gesto similar al mio. Tengo un hijo en ese rango de edad, y he de reconocer que muchos de los momentos más gratificantes que he disfrutado han sido en su compañía.
Pues parece ser que muchas de las madres-padres que acuden a restaurantes con sus vástagos, nos ven a los camareros como sus aliados para conseguir sus propósitos con ellos. Intentan hacer que sus niños/as se coman lo que ellas les proponen o que se mantengan quietos cuando ya empiezan a aburrirse. Ayudar a alguien en estos asuntos es muy satisfactorio siempre que no nos hagan interpretar el papel de malo, ogro al que hay que temer y evitar. "¡Si no comes el camarero se va a enfadar contigo!". "¡Como no dejes de llorar, el chico (mozo) te va a llamar la atención!"
Que hay camareros a los que este rol le venga como anillo al dedo me consta. Pero para el resto de profesionales que intentamos acercarnos a cualquier crío sin intenciones indecorosas, esta actitud maternal o paternal no deja de causarnos cierta aflicción.
Digo.

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